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La Vieja Excusa De Esperar La Voluntad De Dios

Por Dante Gebel: Conozco a un amigo que tiene todas las cualidades y aptitudes para hacer algo en realidad grande con su vida para el reino de Dios. Mirándolo desde afuera, puedo darme cuenta de lo que podría alcanzar con todo el talento y el potencial que posee. No obstante, cada vez que nos vemos me dice lo mismo desde hace años: «Estoy esperando la confirmación de que estoy en la perfecta voluntad de Dios».

Mientras algunos seguimos avanzado, él siempre permanece en el mismo sitio. Los años van pasando para ambos, sin embargo, mi amigo continúa pedaleando en una bicicleta fija.

Desde hace un tiempo, he tenido la necesidad de hablar en cada una de mis conferencias acerca de toda la falacia que se ha generado en derredor de lo que llamamos «la voluntad de Dios». Por supuesto, yo creo en ella y estoy convencido de que no podemos hacer nada fuera de los designios de Dios, pero es preocupante ver a tantos miles que se quedan varados en alguna estación de la vida porque están esperando que la voluntad de Dios los alcance. Como consecuencia, nunca llegan a su destino.

La Biblia es nuestro manual espiritual, y allí podemos ver de manera clara cómo manejarnos en la vida y qué podemos esperar de nuestro futuro. Así que cuando nos dedicamos con ahínco a descubrir nuestro destino y nuestro propósito en la vida, no estamos haciendo otra cosa que descubriendo la voluntad de Dios para nosotros. Por eso recalco que el destino no es aquello que alguien puede forjarse o inventarse, sino lo que una persona logra descubrir. Un descubrimiento es algo que ya existía, solo que un buen día damos con ello.

La mayoría de las personas no logran descubrir la razón por la cual Dios quiso que nacieran, y por lo tanto, nunca logran estar en el centro de la voluntad de Dios.

Hasta aquí no hay discusión. La voluntad de Dios es tu destino y viceversa, y nos toca a nosotros encontrarlo y seguirlo hasta el fin de nuestros días.

El problema surge cuando mistificamos nuestro caminar diario a un punto tal que queremos pasar por ese mismo tamiz las decisiones que no admiten discusión y, en ocasiones, ni siquiera oración. Así es, lo escribiré de nuevo: algunas cosas ni siquiera admiten oración (sé que esto último puede sonarte fuerte, pero antes de despedazar este libro y quemarlo en una hoguera, permíteme seguir avanzando).

Por ejemplo, todos sabemos que debemos alimentarnos a diario, bañarnos y respirar. Sin embargo, a nadie se le ocurriría pensar cada mañana: «No sé si sea la voluntad de Dios que hoy me bañe, desayune y respire, no haré ninguna de las tres cosas a menos que Dios me lo confirme». 

Mis hijos saben que mientras vivan con nosotros y sean menores de edad, deberán cumplir ciertas normas de la casa. Si ellos quieren quedarse mirando televisión más allá de la hora estipulada, deben preguntarnos. Lo mismo ocurre si van a salir a algún sitio o piensan hacer algo fuera de lo habitual. No obstante, a ninguno de ellos se le ocurriría preguntarme si es mi voluntad que durante la semana vayan al colegio. O si es mi deseo que desayunen esa mañana o no me ofende que vayan al baño cuando tengas ganas de hacerlo.

Todos sabemos qué hacer al levantarnos sin la necesidad de preguntarle a alguien más.

Sin embargo, conozco a mucha gente que tienen tal temor de hacer algo incorrecto y fuera de lo que ellos creen que es «la voluntad de Dios», que ni siquiera hacen lo que se supone que les corresponde hacer.

Una vez despedimos a un empleado de nuestra compañía por razones de incompatibilidad con lo que nosotros estábamos necesitando. De pronto nuestra productora accedió a otros niveles de compromiso y responsabilidad, y consideramos que este muchacho no estaba a la altura de las circunstancias.

Luego de varios meses de haberse ido, nos enteramos de que aún continuaba sin trabajo. Nos sorprendimos bastante, ya que no dudábamos de su capacidad, pero luego hablamos con su esposa y nos comentó que hacía siete meses que él no tenía empleo porque se levantaba todas las mañanas a orar para que Dios le mostrara «cuál era la compañía que estaba en el centro de su voluntad», así que hasta que el Señor no se lo dijera no se iba a mover de la casa, pues no quería equivocarse.

La cosa es que las deudas casi acaban con su hogar y su matrimonio. Él creía que a causa de su oración, Dios enviaría a algún empresario o dueño de compañía a golpear la puerta de su casa y decirle: «No sé quién eres, pero Dios me dijo que te contratara». Por supuesto, eso nunca ocurrió, y al final, lleno de frustración, tuvo que trabajar en cualquier cosa diferente a su profesión para tratar de aliviar algunas de sus deudas. Y es que no podemos pensar que debemos preguntarle a Dios si tenemos que salir a buscar empleo o quedarnos en casa hasta que llegue. 

Comprendo que vivimos en un mundo globalizado, pero confieso que me enerva ver a algunos jóvenes que no tienen empleo desde hace meses, los cuales, cuando les pregunto qué están haciendo al respecto, me responden: «Ya mandé mi hoja de vida por la Internet a varias empresas, ahora solo me resta orar y esperar en el Señor a que alguien me llame».

Déjame decirte que a menos que seas Robert De Niro y estés esperando que un director de Hollywood te envíe el guión de su próxima película, las posibilidades de que alguien te llame son una en miles. Comprendo que en la actualidad eso es lo que se estila, y que también es bueno orar, pero recuerda que Dios bendice al que se esfuerza.

Cuando era más joven, siempre que iba a buscar empleo sabía que un papel no podía reflejar lo que yo era o hablar por mí. Sabía que la gracia y el favor de Dios estaban sobre mi persona, no sobre mi hoja de vida. No ignoraba que un buen currículum podía ser un buen complemento, pero sin importar si era el número cien en la lista de candidatos, siempre decía: «Solo necesito cinco minutos con el jefe de la compañía y sé que me contratará». Mi lema era: «El favor de Dios está conmigo, así que cuando me vea y me escuche, sentirá la necesidad de contratarme».

Oraba la noche anterior, me levantaba a las cuatro de la madrugada, compraba el periódico para ver los ofrecimientos de empleo, y estaba formado allí afuera poco antes de las cinco, antes de que amaneciera. 

Así ha sucedido con todo lo que hemos emprendido a lo largo de nuestra vida. Cuando enviábamos una solicitud para rentar algún estadio o comisionaba a algún asistente para que llevara a cabo la tarea, las respuestas solían ser vagas o negativas. No obstante, cuando me decidía a ir en persona, bastaban cinco o diez minutos para que obtuviéramos lo que queríamos. Esto es resultado de tener el favor de Dios sobre nuestra vida. Lo mismo nos ha sucedido cuando he tenido que reunir miles de dólares para un proyecto, solicitar un préstamo o buscar el apoyo de alguien para una nueva visión.

Lo que intento decir es que no nos encerrábamos a orar para que Dios enviara la provisión. Más bien orábamos y luego salíamos a buscarla.

Conozco personas que se deprimen porque cuando van a una entrevista de trabajo, hay varias más antes que ellas o sienten que no reúnen las condiciones que están solicitando. Por lo tanto, se rinden sin siquiera haberlo intentado.

Hace poco, mi hijo Brian estaba muy emocionado con la idea de ser admitido en un colegio cristiano muy prestigioso de los Estados Unidos, donde vivimos desde hace un tiempo. 

Llenamos las solicitudes y le dieron una fecha para el examen. Me consta que se preparó lo suficiente, estudió y se esforzó bastante, pero el cambio de país, sumado al nerviosismo por no manejar el inglés a la perfección, le jugaron una mala pasada y la calificación del examen resultó insuficiente. Por lo tanto, nos comunicaron que Brian estaba afuera, que debíamos considerar otras posibilidades en algún otro colegio.

Aunque no había más nada que hacer (cuando un estadounidense te dice que no calificaste no admite la menor discusión), mi esposa sentía que no debíamos darnos por vencidos, sino que más bien debíamos solicitar una reunión con el principal del colegio.

Al principio me resistí bastante, explicándole que no sabría qué decirle. No obstante, ella me recordaba las veces que nos habían negado algo hasta que pedía una entrevista y todo cambiaba de forma radical. Por último me convenció y, por intermedio de una amiga en común, logramos que el principal me recibiera durante algunos minutos.

—Gracias por venir, señor Gebel —me dijo el hombre muy amable, aunque un tanto apurado, recibiéndome con un café en la cafetería del predio—. Le explicaré las razones por las cuales su hijo no podrá ingresar a este colegio.

Esa no era un buena manera de comenzar, las razones ya las conocía, pero el hombre parecía ir al grano de manera práctica. Acto seguido intentó abrir una carpeta que contenía el examen de Brian. De inmediato alcé mi mano por encima de la mesa y la cerré con delicadeza.

—No tiene que mostrarme nada —le dije—. Sería una torpeza de mi parte venir a discutir de un tema académico con usted, no puedo refutarle nada de lo que ya está escrito. Solo quiero que me escuche por los siguientes cinco minutos, luego me iré y no le robaré más de su valioso tiempo.

—De acuerdo —respondió—, pero sucede que no podemos obviar el tema del examen.

—Claro que podemos. Mi hijo ha culminado el colegio anterior con las mejores calificaciones, así que no dudo de su inteligencia. Solo quiero decirle que Brian ama este colegio desde que se enteró de que existía, y nosotros como padres y ministros sabemos que no hay nada mejor para su educación que un colegio con valores cristianos como este, ya que siempre creímos que nuestros hijos merecen lo mejor. Solo necesito saber quién es el responsable, la persona que decidió que Brian no ha calificado.

—No es una persona, amigo. Es el examen el que lo decide.

—Usted sabe que un papel no tiene la capacidad de decidir nada. Le estoy preguntando acerca de la persona que consideró el examen y luego decidió que mi hijo no estaba calificado.

—Es que no existe una persona, somos varios en realidad, se trata de toda una comisión.

—Aun así, en toda comisión o compañía, por grande que sea, existe una persona que toma la decisión final, y necesito saber su nombre. Alguien como el centurión que fue a hablar con Jesús, el cual mencionó que solo bastaba su palabra para que su gente lo obedeciera. Si acaso no es usted, quizás esté hablando con la persona incorrecta y deba reunirme con su superior.

—Bueno— dijo el hombre un tanto confuso—, digamos que de algún modo, al ver los resultados del examen, soy yo el que no puede permitir que su hijo ingrese.

—Muy bien, entonces solo necesito saber su nombre para que cuando esta noche vaya a la presencia del Señor, pueda decirle que usted fue el que le impidió a Brian ingresar aquí. De ese modo, yo estaré tranquilo al saber que hice todo lo posible, mientras que usted será el responsable de la decisión de dejarlo fuera. 

—Mire, mi estimado amigo, ¿por qué no vemos juntos el examen?

—Porque ese examen no muestra lo que Brian es, ni tampoco su capacidad. Yo no pude terminar el colegio secundario, no tengo doctorados, nunca fui a la universidad, sin embargo, no creería todo lo que he hecho en estos años, los libros que he escrito y a cuántas personas les he hablado. Solo le ruego que si su decisión es indeclinable, me permita presentarle su nombre a Dios y hacerlo responsable del futuro académico de mi hijo en los Estados Unidos. Quizás usted tenga razón, o tal vez esté equivocado al tomar esta decisión. Lo cierto es que quiero quedarme tranquilo ante el Señor, sabiendo que en este caso, tanto Brian como sus padres hemos hecho nuestro mejor esfuerzo.

—Esto es bastante inusual —señalo este hombre mirando a su asistente—, déme hasta esta tarde y le daré una respuesta.

Salí de aquella reunión, llamé a mi esposa por teléfono, y le expliqué:

—Acabo de hablar con el principal, no sé muy bien todo lo que dije, pero quizás me pasé de la línea. Él solo dio por terminada la reunión de manera abrupta, así que no sé qué sucederá ahora. Solo dependemos de que Dios toque el corazón de este hombre.

Quince minutos más tarde, llamaron por teléfono a nuestra casa y nos dijeron que Brian pertenecía al colegio y debíamos comprarle su uniforme.

El favor de Dios sobre nuestras vidas había logrado lo imposible. Si nos hubiéramos quedado con la primera respuesta, nuestro hijo se habría sentido frustrado al pensar que Dios le había cerrado las puertas o que no estaba lo suficiente capacitado. De más está decir que ese año obtuvo excelentes calificaciones, las cuales sorprendieron a sus profesores y compañeros.

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